| El
Guarda De Mi Hermano
By Daniel
Rose
Fondazione Cariplo Forum
on Philanthropy
Milan, Italy
October 19, 2006
Todas las sociedades modernas deberían procurar de modo efectivo
el bienestar público y en estos tiempos en que nuestros sistemas
están convergiendo, debemos aprender los unos de los otros
cómo hacer frente a problemas comunes.
Todas las sociedades responden de alguna manera a las necesidades
de los desposeídos y afligidos en su seno, proveen vehículos
para la salud y la educación y brindan apoyo a las artes
y la cultura; pero las naciones tienen distintos modos de encarar
estos retos dependiendo de sus costumbres, tradiciones y creencias.
El gobierno, el mercado y la filantropía privada todos tienen
su rol que aportar, y determinar el papel apropiado de cada cual
es una cuestión que merece ser ponderada y examinada.
La solidez de un gobierno reside en su habilidad de hacer cumplir
sus dictámenes, la importancia de la filantropía privada
está en la diversidad y creatividad que auspician, la fuerza
del mercado es que refleja no lo que el público “debería”
querer sino lo que está dispuesto a comprar y pagar.
Un visitante de Marte o Venus en 2006 tal vez pensaría que
los estadounidenses exigen demasiado poco a su gobierno, que los
europeos le piden demasiado, que ambos podrían utilizar de
modo más efectivo las fuerzas del mercado para el bien común,
y que la filantropía privada es una herramienta no plenamente
aprovechada para rellenar los huecos que dejan uno y otro.
En las naciones con una experiencia histórica de un gobierno
central fuerte, una iglesia dominante y una sociedad jerárquica
con una aristocracia dinámica, el gobierno suele asumir responsabilidad
por el bien común, con gastos sufragados por los impuestos.
Una costumbre bien establecida ha permitido a los europeos creer
que el pago de impuestos les absuelve de mayores responsabilidades
hacia sus conciudadanos, y que el gobierno es el “guardián
del hermano”, pero, tal y como el aumento reciente de la actividad
filantrópica europea demuestra, eso está cambiando.
La dependencia del gobierno persiste, claro está. Hoy en
día en Francia, por ejemplo, se da por sentado que la mayoría
de los gastos del Louvre son pagados por el gobierno, así
como las guarderías y la educación primaria. En Italia,
el personal de La Scala y La Fenice son prácticamente empleados
del gobierno.
Pero una sociedad más joven y con “espíritu
fronterizo” como los Estados Unidos refleja distintas tradiciones
y presunciones sociales. Nuestro continente virgen, colonizado por
europeos en los siglos XVII y XVIII sin un gobierno central fuerte,
sin religión del estado y sin una aristocracia establecida,
erigió respuestas distintas.
Si los pioneros americanos querían una iglesia o escuela,
tenían que construirla; si deseaban hospitales o carreteras
o juzgados, tenían que construirlos.
Ya que un granjero por su cuenta no podía erigir las paredes
de un establo, tenía que pedir ayuda a sus vecinos y, a cambio,
ayudarles a ellos. La celebración festiva que ofrecía
a sus vecinos al concluir la construcción del establo se
sigue recordando en la frase hecha “subir el techo”.
Este patrón de asociación voluntaria de individuos
en pro de una ayuda mutua continua. Cuando en 1831 Alexis de Tocqueville
escribió “donde a la cabeza de un nuevo proyecto en
Francia vemos al gobierno, o a un hombre de alto rango en Inglaterra,
en los Estados Unidos hallamos siempre una asociación [de
individuos privados”].
La tradición estadounidense de individuos comprometidos y
gobierno limitado persiste hoy en día. Nadie se sorprende
al comprobar que, por ejemplo, fondos privados cubren el 87% del
presupuesto del Instituto de Arte de Chicago, y el 96% del presupuesto
de la Orquesta de Cleveland, o al ver que personas privadas como
yo mismo siguen batallando para persuadir al gobierno federal de
sufragar el costo de un sistema de guarderías públicas.
Las tres Fuentes de apoyo social –gobierno, mercado y filantropía
privada- deber ser examinadas a fondo.
Primero, el Gobierno:
El recelo tradicional que sienten los estadounidenses por el gobierno
se refleja en nuestra preferencia generalizada por un gobierno descentralizado,
por ayuda privada en lugar de gubernamental; y, en casos en los
que el apoyo gubernamental es indicado, en subsidios indirectos
en lugar de directos.
El apoyo indirecto a la vivienda, por ejemplo, se lleva a cabo a
través de exenciones fiscales a los pagos del interés
de la hipoteca sobre una vivienda. El apoyo indirecto a la religión
se proporciona con exenciones fiscales a las instituciones religiosas;
y el apoyo indirecto a las artes se da con exenciones fiscales a
las instituciones culturales.
Los subsidios indirectos permiten al gobierno proveer apoyo sin
incurrir en juicios estéticos o morales, algo que los estadounidenses
no desean que su gobierno haga; y estos subsidios han estimulado
la creatividad y la diversidad.
Las exenciones fiscales a las donaciones de obras de arte en su
valor de mercado a los museos, sin un pago de impuestos de bienes
capitales, han sido atacados por algunos como “un regalo a
los ricos”; pero la mayoría de nosotros preferiríamos
poner nuestra atención en los Rembrandts, Giottos or Jackson
Pollocks que ahora están en museos públicos estadounidenses.
Este sistema estadounidense – de proveer bienes públicos
a través de filantropía privada favorecida por exenciones
fiscales- funciona bien para los americanos de clase media y alta,
pero no tanto para los pobres y los grupos de bajos ingresos.
Nuestras universidades y museos se cuentan entre los mejores del
mundo, pero el sistema de cuidado de salud y cuidado infantil para
los estadounidenses pobres está por debajo de los estándares
europeos. El hecho de que alrededor del 15% de los estadounidenses
no tengan seguro medico es una vergüenza nacional, y no está
claro cuando esto será rectificado.
Las probabilidades de un apoyo eventual del gobierno federal a un
sistema de guarderías públicas son mejores, porque
estudios recientes han demostrado claramente que las guarderías
son una excelente inversión económica pública,
que proporciona tanto importantes beneficios sociales como económicos.
Si en última instancia se obtienen los fondos federales para
guarderías, sería una interesante demostración
de la preferencia estadounidense de la ayuda gubernamental para
beneficiar a la sociedad en general, en lugar de proveer ayuda compasiva
para los necesitados.
La Europa actual presenta un cuadro distinto: aquí, gobiernos
activos toman más y distribuyen más que sus homólogos
estadounidenses, especialmente en cuanto a la cultura y la ayuda
a los pobres. Pero, en un período de creciente moderación
fiscal, es este modelo económicamente sostenible?
Las tres operas de Berlín, los almacenes del gobierno holandés
llenas de arte contemporáneo que nadie parece querer, y el
horario laboral de 35 horas semanales impuesto por el gobierno Francés
provocan preguntas acerca de cuál deberían ser las
prioridades económicas de una nación.
Cuando trabajadores envejecientes o jubilados necesiten un mayor
gasto gubernamental pagado por una fuerza laboral más joven
y menguante, muchos gobiernos se encararán con decisiones
difíciles.
En los años venideros, una mayor involucración del
gobierno en materia de salud y educación parece probable
en Estados Unidos; y un retroceso gubernamental en el apoyo a la
cultura parece probable en Europa.
La segunda área de apoyo social es El Mercado:
En salud, educación, bienestar social y cultura, los roles
del gobierno y la filantropía varían. Las áreas
que no abarcan quedan a disposición del mercado, que distribuye
recursos para proveer lo que el público desea y puede pagar.
Los subsidios pueden decantar el balance en una dirección,
los impuestos en otra, pero la preferencia del consumidor que responde
con dinero líquido prima.
Por ejemplo, los amantes de la ópera europeos observan la
gran cantidad de Verdi y Puccini que solicitan las audiencias neoyorquinas;
los cinéfilos franceses suelen votar en taquilla por películas
estadounidenses que pagan impuestos, en vez de apostar por largometrajes
franceses subsidiados por el gobierno, y también por películas
pornográficas, a pesar de que reciben impuestos VAT punitivos.
Cuando las películas francesas tratan de complacer al público
en lugar de a los críticos, también tienen éxito
en taquilla.
En lo que se refiere a la salud, la vivienda y la educación,
las clases medias y altas estadounidenses están bien servidas
por servicios provistos de manera privada, cuyo pago se pueden permitir.
Nuestro problema es que los pobres no están bien servidos.
“Riqueza privada y miseria pública”, es cómo
John Kenneth Galbreath describía la vida estadounidense en
su libro de 1958 La Sociedad Rica, y a pesar de que las condiciones
son un poco mejores hoy en día, nuestro gobierno tiene mucho
que hacer para llegar a los estándares europeos hacia sus
grupos empobrecidos. La esperanza americana siempre es que los pobres
con el tiempo ingresen a la clase media, pero las condiciones pueden
ser muy dolorosas durante ese impasse.
La tercera área de apoyo social es la Filantropía
Privada:
La filantropía privada es quizás la rama menos comprendida
y apreciada del tripartito del “apoyo público”,
particularmente en Europa. Llena vacíos que el mercado y
el gobierno dejan al descubierto.
La definición estadounidense de filantropía comúnmente
aceptada es “donación voluntaria, servicio voluntario
y asociación voluntaria en beneficio de otras personas”.
Eso es diferente de “caridad”, que significa ayuda para
los pobres, la intención de la filantropía es mejorar
la “calidad de vida” tal y como uno quiera definirla.
Aunque el gobierno estadounidense gasta nuestros impuestos del modo
que deciden los políticos y burócratas, es a través
de la filantropía que donamos o hacemos en función
de nuestros propios intereses, mientras estos coincidan con una
percepción de lo que es el “bien público”.
Nuestro presidente puede estar en contra de la investigación
de células madres, por ejemplo, pero algunas universidades
privadas pueden enfocarse en dicha investigación de todos
modos.
Este año los estadounidenses gastarán aproximadamente
300 mil millones de dólares (el equivalente a un 10% de nuestro
presupuesto federal y más del 2% de nuestro PIB) en causas
que van desde salvar a las ballenas, al Sida recurrente en Africa,
desde construir laboratorios de investigación a auspiciar
producciones de la Opera Metropolitana, desde proveer becas para
estudiantes de minorías a preservar monumentos históricos
descuidados.
Los ricos donan edificios o proveen fondos para puestos académicos
establecidos, los pobres donan a sus iglesias, pero la mayoría
de los estadounidenses donan, sirven o solicitan para alguna causa
sin fines de lucro, y los donativos pequeños con frecuencia
suelen ser los más creativos y efectivos. A la hora de la
muerte, los estadounidenses ricos acostumbran a dejar legados caritativos,
y los nombres de Ford, Rockefeller, Carnegie, MacArthur y ese americano
ermitaño, Henry Wellcome (benefactor de Wellcome Trust, la
mayor fundación inglesa), entre otros muchos, siguen vivos
a través de las fundaciones que crearon.
Nuestro gobierno federal permite que el dinero así contribuido
sea deducido de los ingresos que deben declarase a las autoridades
fiscales. En años recientes, muchas otras naciones han empezado
a permitir donativos exentos de impuestos a entidades aprobadas
(la notable excepción es Suecia). Las exenciones de impuestos
en el extranjero, sin embargo, suelen ser complejas e intimidantes,
a diferencia de las leyes impositivas estadounidenses (y ahora las
británicas), que están ideadas para favorecer las
donaciones.
Los europeos argumentan, erróneamente pero de manera incesante,
que los “estadounidenses donan debido a ventajas fiscales”,
pero las leyes fiscales estadounidenses se presentaron por primera
vez en 1913, mucho después de que los patrones de filantropía
estadounidense estuvieran establecidos. En Europa, el nuevo museo
Picasso fue a Francia debido a acuerdos fiscales favorable, y disposiciones
similares podrían explorarse en otros países.
Los estadounidenses estamos orgullosas de nuestro sector filantrópico.
Si toda la filantropía privada fuera abolida y esos 300 mil
millones de dólares añadidos a los ingresos federales,
pocos piensan que la calidad de vida en los Estados Unidos mejoraría.
La mayoría de americanos cree que los gobiernos son los indicados
para atrapar a los ladrones, apagar los fuegos y librar las guerras,
pero que el sector sin fines de lucro o el mercado libre lleva a
cabo otras actividades de modo más eficiente. La noción
jefersoniana del gobierno limitado –“el mejor gobierno
es aquel que menos gobierna”- se ver reforzada por la creencia
estadounidense que el gobierno es ineficiente.
Las ONGs (organizaciones no gubernamentales) son percibidas como
más creativas e innovadoras que el gobierno, menos atadas
a precedentes, más sensible a las necesidades y deseos públicos
y, sobre todo, más competentes y económicamente eficientes.
El objetivo de Bill Gates –“salvar el mayor número
de vidas posible por la menor cantidad de dinero per cápita
posible”- refleja un modo de pensar filantrópico, no
gubernamental. La filantropía tiene sus defectos, pero la
percepción general es que son menos que los del gobierno.
En todos los niveles de ingresos, los estadounidenses donan voluntariamente
de su tiempo, esfuerzo y dinero en un grado desconocido en Europa.
Por ejemplo, hay pocas escuelas primarias estadounidenses, públicas
o privadas, sin una Avocación de Padres a través de
la cual se recaudan fondos para proporcionar pertrechos o servicios
a las escuelas; pero la formación de grupos parecidos es
relativamente reciente en Europa.
Un aspecto fundamental de la filantropía estadounidense es
el reconocimiento al donante. A pesar de que la mayoría de
europeos critican esta práctica y la encuentran vergonzosa,
los estadounidenses no conciben la filantropía sin ella.
Cuando el reverendo John Harvard murió en Cambridge, Massachussets
en 1638, dejando a la facultad local de teología 800 libras
esterlinas y su biblioteca de 400 volúmenes, en muestra de
gratitud la facultad se rebautizó como “Facultad de
Harvard”.
Cuando, ochenta años más tarde, Elihu Yale donó
bienes por valor de 560 libras esterlinas a la Facultad Colegial
de New Haven, Connecticut, dicha facultad fue renombrada “Facultad
de Yale” con celeridad, a pesar de que Elihu Yale no había
estado en América desde la infancia y nunca más regresó.
(Como anécdota personal, este mismo junio, en nuestra 55
reunión universitaria en New Haven, la promoción de
Yale de 1951, de la cual yo formo parte donó de modo colectiva
al Fondo de Ex Alumnos de Yale 64,764,127 dólares, y el 90%
de compañeros de clase con vida contribuyó. Yale es
una institución privada, pero el 20% de ex alumnos de universidades
públicas contribuyen anualmente también).
Cuando Johns Hopkins, de Maryland, murió en 1873, dejó
un millón de dólares para dividirse entre los miembros
de su familia, pero dejó una suma sin precedentes de siete
millones de dólares para fundar la primera universidad de
investigación y el primer hospital de enseñanza de
Estados Unidos. Hopkins hubiese entendido –y le hubiese encantado-
el comentario que hizo Warren Buffet tras anunciar su donativo de
37 mil millones de dólares a la fundación de Bill
Gates, contestando a la pregunta de qué provisiones había
hecho para su familia.
La respuesta de Buffet emocionó a la nación: “Siempre
he deseado dar a mis hijos suficiente para hacer lo que deseen,
pero no suficiente como para no hacer nada”. Los estadounidenses
se identifican con las “abejas trabajadoras” del panal,
no con las que sólo zumban.
Las universidades de Brown, Duke, Cornell, Vanderbilt, Stanford
y Rockefeller Universities son sólo algunas de las instituciones
nombradas por sus fundadores o grandes benefactores.
Los museos americanos listan en sus paredes los nombres de sus principales
donantes, y las mayores organizaciones exentas de impuestos publican
reportes anuales con los nombres y contribuciones de sus donantes,
incluso las más modestas.
“Vulgar”, “ostentoso” y “tosco”
son algunas de las palabras a veces aplicadas a las técnicas
de recaudación de fondos de los estadounidenses. Pero los
estadounidenses, que se cuentan entre los pueblos más pragmáticos
desde los antiguos romanos, responden: “Sí, pero funciona”.
Si Europa desea replicar los éxitos filantrópicos
estadounidenses, debería considerar hallar modos de animar
y agasajar a los donantes y al mismo tiempo avergonzar a los ricos
cuyos nombres no aparecen en sus listas.
La presión filantrópica de amigos, vecinos y socios
empresariales no tiene descanso. Las invitaciones a comidas testimoniales,
bailes-cena, fiestas con teatro, subastas y conciertos de rock nos
acechan; una avalancha diaria de correo solicitando contribuciones
caritativas llena nuestros buzones. Y, sí, “funciona”.
Los fondos de los que dispone la Universidad de Harvard son de 26
mil millones de dólares, Yale tiene más de 16 mil
millones de dólares y Princeton, Stanford y la Universidad
de Texas cuentan cada una con más de 12 mil millones de dólares.
Cincuenta y cinco universidades estadounidenses tienen fondos de
más de mil millones de dólares; tan sólo este
año 22 universidades han anunciado intentos de recaudación
de fondos de más de mil millones de dólares cada una
–Columbia, de 4 mil millones de dólares, la Universidad
de Virginia, de 3.3 mil millones de dólares, Yale, de 3 mil
millones de dólares y la Universidad de Nueva York está
solicitando 1.2 millones de dólares de donantes privados.
En el siglo XXI, cuando el capital intelectual es más importante
para la competitividad internacional de una nación que el
capital físico o financiero, la filantropía privada
tiene un rol importante que jugar en la educación superior.
Nuestras grandes M.I.T o Cal Techs no sólo educan y llevan
a cabo investigación, también sientan los estándares
a los que las instituciones públicas tratan de llevar, y
todo el mundo se beneficia por ello.
Los cínicos cuestionan los motivos de los donantes, y esos
motivos son sin duda complejos. Los recaudadores benéficos
profesionales citan muchas razones para explicar la filantropía
privada:
A) Sentido común y un Interés Propio Ilustrado –
ayuda a la comunidad, de la cual el donante forma parte.
B Imperativo Religioso – Dios quiere que ayudemos al prójimo.
C) Buena Inversión – la sociedad recibe mucho a cambio
de lo invertido; el donante recibe prestigio y un mayor ‘standing’
social.
D) Diversión – los socialitas organizan bailes-cena,
fiestas teatrales, sorteos, etc. y se divierten colaborando con
amigos en dichos proyectos.
E) Altruismo - generosidad, benevolencia y donaciones desinteresadas
hacen que uno se sienta bien y son espiritualmente gratificantes.
F) Restituciones – ex alumnos de escuelas y universidades,
antiguos pacientes de hospitales, etc., sienten que se han beneficiado
de las instituciones y que les “deben” algo en agradecimiento.
G) Tradición Familiar y Tradición – los herederos
de fortunas y miembros de familias prominentes sienten lealtad a
ciertas instituciones.
El grado en el que las personas se definan a sí mismas y
sus valores en relación a sus donativos algunas veces es
pasado por alto. “Yo soy lo que yo doy” es una creencia
más común de lo que generalmente se estima.
El profundo sentido de compromiso social de George Soros, una especie
de “Marshall Plan andante” que ya ha dado más
de tres mil millones de euros a entidades filantrópicas europeas
y que se ha comprometido a darles los restantes cinco mil millones
de euros de su fortuna; el inquebrantable espíritu práctico
de Bill Gates, cuya fortuna ha sido legada a su fundación
y quien exige resultados por valor de un dólar para cada
dólar donado; y el compromiso imaginativo de Michael Bloomberg,
el mil veces millonario alcalde de Nueva York, quien al concluir
su mandato dedicará su energía e imaginación,
y su fortuna de seis mil millones de dólares a actividades
filantrópicas a tiempo completo – esta gente, claro
está, pertenece a una clase a parte.
Otros en el extranjero están siguiendo su ejemplo. El mil
veces millonario indio Anil Agarwal anunció recientemente
la mayor donación de su país, mil millones de euros
para fundar una universidad en su provincia natal; y Li Ka-shing,
la persona más rica de Asia, ha anunciado que lega un tercio
de su fortuna de 15 mil millones de euros a su fundación.
Richard Branson de Virgin Air; los fundadores de Google; y Ted Turner
están etnre los que han anunciado recientemente grandes donativos
“pro bono”.
Son la personificación viviente de la máxima de Andrew
Carnegie que dice que los creadores de grandes fortunas deberían
poner la misma atención a cómo disponen de sus bienes
que la que gastaron en generarlos.
Pero se debe recordar que no sólo los ricos donan; John D.
Rockefeller donó de su primer ingreso laboral; el padre de
Michael Bloomberg, que nunca ganó más de 11,000 dólares
al año, hablaba de sus contribuciones caritativas a la hora
de la cena; y la mayoría de los estadounidenses contribuyen
de un modo u otro a actividades pro bono.
La recaudación de fondos benéficos es una carrera
profesional asentada hoy en día – a partes arte y ciencia-
y los profesionales de la recaudación estadounidenses se
enfocan en las motivaciones esenciales que he delineado. Este tipo
de recaudación profesional está sólo despuntando
en Europa.
Para incrementar las donaciones voluntarias en Europa no sólo
se deben simplificar los códigos fiscales, sino que los patrones
culturales tradicionales de adoración de lo público
deben ser reexaminados.
Inglaterra nombra caballeros a sus mayores filantropiotas, Francia,
les otorga la Legión de Honor, y Estados Unidos les da Doctorados
Honoríficos; pero animar a todos los ciudadanos a sentirse
orgullosos de sus contribuciones es un paso importante para incrementar
esas donaciones.
En Italia, por ejemplo, un buen primer paso sería identificar
“la bella figura” con la filantropía y convencer
al público de que sus contribuciones serán gastadas
de manera honesta y productiva, con tanta transparencia en los ingresos
y gastos como cualquier otra inversión.
La creación de un prestigioso “Premio Lorenzo Dei Medici”
para reconocer actos filantrópicos de envergadura, presentado
por el presidente de la República en una ceremonia prestigiosa,
podría ayudar a cambiar actitudes. Aquí en Milán,
un premio al mecenazgo privado de las artes podría llevar
el nombre de Ludovico Sforza, el auspiciador de la Ultima Cena de
Da Vinci.
En “Little Italy”, en Nueva York, el festín de
San Gennaro, una feria de calle que dura once días, atrae
cada año a un millón de personas y recauda grandes
sumas de dinero para escuelas locales, actividades para la tercera
edad y otros proyectos de la Archidiócesis. Ferias de recaudación
de fondos de este tipo podrían replicarse en la madre patria.
Para eventos de recaudación más pequeños, Beppe
Severigni sugiere que se celebre a la familia y la cocina italiana,
y que se lleven a cabo con mucho estilo!
Los recaudadores de fondos profesionales saben que la gente que
dona a causas filantrópicas, aquellos que trabajan activamente
con ellos y aquellos que solicitan fondos de los demás están
motivándose los unos a los otros, y se trata de involucrar
a los participantes en estas actividades que se benefician mutuamente.
En Nueva York, David Rockefeller, Brooke Astor y Arthur Ross son
ejemplos conocidos. Otro es Lewis Cullman, que ha contribuido personalmente
unos 250 millones de dólares a entidades caritativas de Nueva
York, es un recaudador incansable, un miembro de junta activo y
el autor de un tratado excelente, Cómo Tener Éxito
Recaudando Fondos Haciendo un Esfuerzo, que se puede encontrar en
www.LewisCullman.com.
En Europa y Estados Unidos, las grandes fortunas están cada
vez más en manos de lo que Warren Buffet llama el “hombre
que se ha hecho a sí mismo”, no en las del heredero;
y el hombre que se ha hecho a sí mismo tiene una mayor predisposición
a donar su dinero.
“En la vida tiene que haber algo más que tenerlo todo”,
es con frecuencia su descubrimiento, y la satisfacción, el
orgullo –y, también, es cierto, el prestigio- de hacer
contribuciones filantrópicas loables es algo importante en
su lista de objetivos de los sabios creadores de nuevas fortunas,
que cada vez más se dan cuenta del potencial destructivo
de legal grandes cantidades a sus familias.
El alentamiento hábil de grandes donativos es un proceso
lento que en los Estados Unidos normalmente es llevado a cabo por
profesionales. Primero, establecen una relación con el potencial
donante; luego le informan sobre la organización y tratan
de promover una identificación e involucración con
su misión; luego alientan una donación modesta cuya
efectividad es demostrada y por la cual se expresa una gratitud
apropiada.
Luego, ayudan al donante a concluir que su próximo gran donativo
conseguirá algo que el donante cree que es importante, y
por lo que el donante recibirá satisfacción y orgullo.
Finalmente, el profesional ayuda a seleccionar a la persona apropiada
para sugerir (o pedir) ese gran donativo.
Cuando la donación ha sido prometida, el donante es reconocido
y celebrado, tanto para premiar al donante como para motivar a otros
posibles donantes.
La filantropía privada – (sumándose, no sustituyendo
a los gastos gubernamentales) – se ha labrado un lugar importante
en la vida moderna, con beneficios materiales para la sociedad y
psíquicos para los donantes.
En Conclusión:
A pesar de que los mecanismos del gobierno y el mercado pueden ser
mejorados, la filantropía privada, de pequeños y grandes
donantes, es el área que mas se presta a la expansión,
especialmente en Europa. En algunos casos el modelo estadounidense
puede ser de utilidad; en otros nuevos vehículos, como las
nuevas fundaciones bancarias italianas, pueden desarrollarse. Y
es probable que veamos en Europa más instituciones privadas
como la excelente universidad milanesa Bocconi o la respetada Universidad
LUISS, en Roma.
La creación de grandes fortunas privadas – y la anticipada
transferencia intergeneracional de grandes fortunas – dan
a los europeos de hoy en día la oportunidad de re introducir
en el diálogo público los conceptos de “noblesse
oblige” (o acaso sea “richesse oblige”) y “obediencia
a la conciencia”. Ya ha empezado y debe ser alentado.
Las catedrales del medioevo y el renacimiento que son la gloria
de Europa podrían hallar su contraparte moderna en catedrales
seculares de la ecuación y la cultura financiadas por las
fortunas privadas de hoy en día.
Entonces los ricos de Europa podrían contestar a la pregunta
bíblica de “¿acaso soy el guarda de mi hermano?”
con la respuesta orgullosa de “¡sí, lo soy!”
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