| Quizás
con las nubes de la tarde
Por
José Acosta
¡Si hubieras obedecido a tu padre...!, pero
ya estás en el primer descanso de la escalera tratando de
decidirte entre seguir subiendo o bajar hasta el frente del edificio
a gritar para que Paquito se asome a la ventana. Vamos para la piscina,
le dirás, y él te hará señas para que
esperes un momentico en lo que se prepara. Recuerdas que así
fue al principio del verano pasado; pero ahora te interesa ver a
Adela, su hermanita, que ya cumplió los catorce y que el
año pasado se burló de ti mientras intentabas un clavado
desde el trampolín más alto. Estabas allí paralizado,
en la punta firme del trampolín, la cabeza de Paco fuera
del agua incitándote a lanzarte y Adelita a su lado señalándote
con sus dedos de mariquita con un arranque de risotadas. Caíste
de espaldas y todavía en la tarde, al salir del club, ella
te subía la camiseta para mostrarle a las otras chiquillas
lo colorado que te habías puesto.
Empiezas a subir las escaleras mientras piensas
que ahora Adelita ya no podrá reírse de ti. Durante
gran parte del invierno, en la piscina techada de la avenida Broadway,
en Manhattan, practicaste hasta perfeccionar ese clavado de giro
y medio que de seguro la dejará con la boca abierta. Oprimes
el timbre de la puerta y esperas un instante. Es extraño
que nadie haya acudido a abrir, y más extraño es ese
silencio del otro lado de la puerta. “En este apartamento
es imposible estudiar”, siempre se quejaba Paquito. Los dos
niños, cuando no saltaban sobre los muebles, se peleaban
por algún juguete. Por su lado Adelita sintonizaba una de
esas emisoras de música Rap, con su estridente monotonía
escandalosa, repleta de palabras obscenas. La madre no se quedaba
atrás, todo lo arreglaba dispersando un cúmulo de
maldiciones; las órdenes que impartía, aunque las
emitía con un ronquido militar, eran desoídas por
los chiquillos. El más tranquilo era don Felipe, el padre,
del cual se comentaba que era el principal proveedor de drogas de
los puntos del vecindario. Pero a ti eso ni te iba ni te venía,
a pesar de que tu padre te había prohibido terminantemente
visitar el apartamento de Paquito.
Y era que visto así, de cerca, a ti te parecía que
don Felipe era un hombre inofensivo, bueno y sobretodo paciente.
El pobre don Felipe, con su cuerpo enjuto, como de tísico,
él que a veces se desaparecía por largas temporadas
y cuando volvía se le veía más robusto como
si hubiese estado internado en un centro de salud.
Sientes unos pasos acercándose. Ves la pequeña
moneda de luz del ojo de la puerta abriéndose y cerrándose.
Los pasos retroceden y tú vuelves a insistir con el timbre.
No puedes imaginar qué está pasando ahí adentro.
Tú sólo quieres ver a Adela y tratar de que se anime
a ir con Paquito y contigo a la piscina, quieres mostrarle lo bien
que ya haces tu performance desde el trampolín más
alto. Si en ese momento te hubieras devuelto..., pero te costó
subir cuatro pisos alcanzar esa puerta y ahora estabas totalmente
seguro de que ellos estaban ahí.
Ahora el timbrazo fue más intenso, como
un reclamo. Escuchaste los pasos acercándose apresuradamente.
Ruido de llavines, del pestillo grueso. Un desconocido abre bruscamente
la puerta y casi a empellones te conduce a la salita donde tienen
a los muchachos atados y amordazados. No es difícil para
ti adivinar lo que ocurre pero sólo cuando sientes ese dolor
cortante en tus muñecas atadas es que lo asumes integrándote
como un espectador se integra a la película desde la lejanía
de su asiento. Paquito está a tu lado, sus ojos sufridos
relucen tratando de comunicarte algo; algo que ya tú sabes
pero que él quiere decirte de todas maneras. Adelita está
junto a los niños que miran absortos hacia todas direcciones,
sin comprender. A la señora la tienen en el cuarto junto
a don Felipe. No puedes verlos pero lo sabes. Hay dos hombres allá
adentro, escuchas sus palabras asediantes, preguntando por algo
que si recibiera respuesta de seguro le costaría la vida
a la familia de Paco, eso lo piensas, o no, eso le escuchaste decir
a don Felipe en un tono suplicante, con una voz ahogada, hecha jirones.
Pero tú no te incluyes y piensas que ellos
lo saben. Estás ahí y es como si no estuvieras. Miras
sin ver a los tipos voltear los muebles, en tus ojos se refleja
la luz del cuchillo cortando con furia el cuerpo inerte del sofá.
Ves caer de golpe un paquete que a ti te pareció insignificante,
sin dignidad; un ladrillo, deduces, un ladrillo envuelto con papel
aluminio. Ves caer otro y luego otro, ya son muchos los ladrillos
plateados que van echando dentro de una bolsa negra pero que no
suenan como ladrillos, suenan más bien como huecos, como
si la bolsa la estuvieran llenando de huecos y tú los escucharas
lejos de allí, desde la punta del trampolín, es Adelita
allá abajo jugando con el agua de la piscina, golpeándola
con su mano arqueada, y tú en silencio esperando que ella
mire lo bien que te balanceas, saltas, das un giro y medio y ahora,
desde el aire, escuchas el estallido de un disparo, luego otro,
pataleos, pisadas, luego otro disparo, los pasos se te acercan,
otro disparo, y ahora sientes la punta caliente del arma en algún
lugar de tu cabeza, abres los ojos instintivamente, allá
abajo el agua azul de la piscina se oscurece quizás con las
nubes de la tarde.
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