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La Tontería de la Intolerancia al Acento Extranjero

Por Rafael Martinez-Alequín
19 de Enero, 2007

La ciudad de Nueva York ha sido desde su nacimiento una urbe de inmigrantes cuando llegaron los holandeses y les arrebataron esta tierra a los verdaderos americanos, a quienes, por un error de Cristóbal Colón se les ha llamado indios.
Hoy la condición de ciudad de extranjeros no sólo no ha cambiado para Nueva York, sino que más que nunca en la historia aquí viven neoyorquinos cuyas raíces comprenden casi todas las regiones del orbe. Aquí se hablan más de 150 idiomas. Yo opino que si se escudriña bien el asunto, la cifra rebasa 200, si se cuentan aquellos idiomas que por razones de imperialismo político se les llama dialectos.

Casi la mitad de los neoyorquinos vienen de otros lugares y desde la década de los ochenta la inmigración de múltiples etnias ha vuelto a darles vida a sectores de la ciudad que para los sesenta y setenta se estaban convirtiendo en aburridas aldeas soñolientas donde mermaba la actividad comercial y cultural. Uno de esos sectores es Flushing en el condado de Queens que ha vuelto a resucitar debido a la inmigración de varios pueblos, la mayoría de ellos procedentes del continente de Asia. Pudiera haber tomado como ejemplo a otros vecindarios de Nueva York.

La probabilidad de que el neoyorquino cuyos familiares se establecieron aquí hace cien o más años—italianos, judíos, irlandeses, polacos entre otros—se encuentre con una persona que habla el inglés como segundo o tercer idioma es enorme. Tal vez cuatro de cada diez personas, si no más, si se toman en cuenta los indocumentados, habla un idioma que no es el inglés. Con una nueva inmigración que sólo se remonta a veinte años, la posibilidad de que el que se exprese en inglés lo haga con un acento extranjero es también enorme.

Desafortunadamente todavía existen personas de espíritu provinciano en esta gran ciudad a quienes un acento extranjero les despierta toda serie de prejuicios disparatados. Uno de los más arraigados es el prejuicio de que si alguien pronuncia el inglés con acento extranjero, en la mente del neo-troglodita, esta persona pierde todas sus facultades de inteligencia y de ingenio. Si este acento es de un hispanohablante, contrapuesto, pongamos por caso al de un francés, este prejuicio sale a flor de piel con una brutalidad asombrosa.

El que reacciona así a la persona que tiene ese tipo de acento se convierte ante los ojos de la víctima y otros testigos en un verdadero mentecato. No pocas veces he visto este drama desenvolverse ante mis ojos y mis oídos durante los cincuenta años que he pasado viviendo en este país y en esta ciudad. He tenido la fortuna y el honor de haber sido discípulo de luminarias de la cultura hispánica, puesto que a pesar de haber vivido la mayor parte de mi vida en esta gran manzana, me esmeré en desarrollar mi lengua materna, el español.

El respeto que he sentido por mis profesores, cuyos quilates intelectuales y académicos, además de su integridad política y moral, les han ganado fama y admiración mundial, ha estado cerca de la idolatría, lo expreso sin tapujos. Sin embargo, en varias ocasiones he visto a estos hombres y mujeres en situaciones donde no se les conoce, en las cuales al intentar expresarse en un inglés correcto que no obstante tiene un marcado acento español, han sido blanco de burlas y de menosprecio de personas de habla inglesa que confundiendo la velocidad con el tocino, los tratan como si fueran verdaderos subnormales incapaces de tener los conocimientos, muy superiores a los del atacante, que de hecho tienen y por los cuales se les ha premiadoy elogiado en repetidas ocasiones.

El que ofende a una persona porque ésta habla inglés con acento extranjero se expone a ser visto como un verdadero imbécil, especialmente si a quien ataca es alguien que tiene méritos reconocidos sea como periodista, lexicógrafo, novelista, filósofo o político. Las personas a quienes vi y oí sometidas a este estúpido prejuicio, eran y son precisamente reconocidos periodistas, novelistas, filósofos, políticos y hasta lexicógrafos que han contribuido a crear diccionarios de español-inglés-inglés-español y que evidentemente, a pesar de su acento, tienen un mejor conocimiento del inglés que el atacante. Los que fuimos testigos de estos incidentes estuvimos invariablemente de acuerdo en que el verdadero ignorante y grosero era el que se burlaba del acento de nuestro docto compañero o compañera.

Pero permítaseme agregar esto: el burlarse de otra persona porque habla con acento extranjero, no importa cual sea su capacidad intelectual, y hacerlo además en público, es una falta de buena educación y aunque sea un “native New Yorker” el que se pone en este ridículo al tratar de ridiculizar al prójimo por motivo del acento de éste, muestra que no tiene ni pizca de urbanidad. Esta es una mácula mayor si el que lo hace trabaja en una entidad que está ahí para servirles a los residentes de la ciudad, no importa cuál sea el color de su piel, etnia, religión, sexo, orientación sexual, lengua o acento.

Ya es hora de que denunciemos esta falta de respeto por lo que es: discrimen, además de ser una burrada.

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